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Reflexión:

Al comenzar este semestre, tenía una noción muy básica de lo que significaba aprender de manera integral, pero no imaginaba el nivel de compromiso y análisis que realmente implicaba. Estaba acostumbrada a completar actividades siguiendo instrucciones al pie de la letra, sin cuestionar demasiado el propósito detrás de cada tarea. Sin embargo, conforme avanzaron las semanas, comprendí que este enfoque de trabajo demanda más que cumplir con entregas: exige pensar, interpretar, tomar decisiones y asumir un papel activo en el propio proceso formativo.

La construcción de este portafolio fue fundamental para entenderlo. Este ejercicio no solo consistió en reunir evidencias, sino en darles sentido, evaluarlas críticamente y reconocer lo que cada una aportó a mi desarrollo. Poco a poco descubrí que el aprendizaje no se limita a memorizar contenido, sino que se refleja en la capacidad de aplicar conocimientos, resolver problemas y comunicar ideas con claridad dentro y fuera del salón de clases.

La mercadotecnia de servicios me hizo entender que no todo se trata de vender un producto físico; muchas veces lo más importante es la experiencia que vive el cliente. En los servicios, las personas no pueden “tocar” lo que van a recibir, así que confían en lo que sienten antes, durante y después del servicio. Por eso, la calidad no solo depende de un buen proceso, sino también del trato humano, la rapidez, la confianza y la atención personalizada.
También reflexioné que, a diferencia de un producto, un servicio se consume al mismo tiempo que se entrega. Eso hace que cada interacción cuente muchísimo. Un error pequeño puede cambiar toda la percepción del cliente, pero también un detalle positivo puede generar lealtad.

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